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Cuando decidí escribir la novela histórica

Abderramán y Azahara

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Querida María Jesús, estimados amigos, gracias por estar aquí, apoyándome para hablar de una historia, mitad real, mitad leyenda, esa que yo plasmé en un libro, hace ya mucho tiempo y que titulé “Abderramán y Azahara”. Además hoy es el día de Nuestra Señora de Fátima, por lo tanto a Ella me encomiendo.
Antes de ello lo medité mucho y muy intensamente, sobre esta historia o leyenda y sobre el desarrollo de la misma antes de llevarla a la imprenta. Yo sabía de antemano que no era el primero, ni que sería el último que iba a tratar este tema del ambiente califal de Córdoba, grandes plumas de investigadores e historiadores como: Levi-Provenzal, Torres Balbás, Asín Palacios, García Gómez y un largo etc., lo habían hecho antes, y que en sus fuentes yo había bebido, escrutando hasta empaparme en el libro del pensador muladí Abdallah ibn Mazarra en El libro de la explicación perspicaz y El libro de las letras, en su original teoría filosófica consistente en un neoplatonismo inspirado en el Pseudo-Emplédocles. Naturalmente no fueron las únicas, ya que he leído las obras del jurista, teólogo, filósofo y poeta muladí, nacido en esta tierra, Ibn Hazm, las del filósofo también cordobés Ibn Ruschd o Averroes y en las del médico y filósofo judío cordobés Maimónides entre otras, de las que pude sacar datos suficientes y necesarios para arriesgarme y permitirme la osadía de escribir sobre los poéticos amores mantenidos -según la historia- por el primer califa cordobés Abderramán III, y la bellísima y delicada Azahara.

Antonio Ortega Serrano
Un día subí a lo más alto de nuestra sierra cordobesa, en un lugar muy próximo a las Ermitas, en la atalaya denominada “El Mirador de las Niñas”, con mi bloc de notas, y desde aquel lugar extraordinariamente bello, repleto de salientes de rocas calizas, de exuberante vegetación de las más diversas variedades. Extasiado donde el olor a romero, madroñeras, jaras, majoletos, la flor del castaño, de los avellanedos y de los almendros y el azahar de los naranjos de la huerta que cuidan los frailes de las Ermitas es inconfundible; en el que uno se siente transportado al más cuidado jardín de la Arabía o Constantinopla.
Desde aquél lugar se divisa con una significativa claridad toda nuestra ciudad, el Monasterio de los Jerónimos, las Ruinas de Medina Azahara y la extensa campiña cordobesa, con el verdor fuerte y reluciente del extenso mapa de sembrados, parecido a las olas del ancho mar Mediterráneo cuando es movido por la suave brisa de la mañana, de los trigales, los cebadales, los girasoles, los algodonales, los maizales y otros cereales sembrados por las manos ávidas de los agricultores, y como no, el serpenteante río Guadalquivir, que en su camino hacía el mar, parece como si quisiera llevarse con él todo lo bueno, que es mucho, que encuentra a su paso.
Mirando y escrutando en las Ruinas de Medina Azahara, e imaginado aquella historia que fue tan real como la vida misma, la de dos seres que se amaron tiernamente, comencé a escribir mi libro que lo he calificado como novela histórica.
De las diferentes familias, razas, dinastías y periodos musulmanes existen buenas muestras en los vestigios encontrados en cualquier lugar o rincón, en el que se inicie una excavación en Córdoba y que en la mayoría de los casos, suele dar dolor de cabeza a los arquitectos, constructores y propietarios de solares y viejos edificios.
Y mirando a Córdoba, quise cantarle a mi ciudad, porque a Córdoba es una ciudad para cantarla, para recrearse en su belleza sin par, y recordar las palabras de un amigo castellano, que un día me dijo: “vosotros los cordobeses no sabéis lo que tenéis. Córdoba es para vivir y morir en ella”.
La Córdoba que bajo el Emirato dependiente de Damasco (711-756) y según Sánchez Martínez, se caracterizó en sus primeros años por la continuación de la conquista en el norte de la Península, por la organización de un proceso fiscal sobre el territorio recién incorporado, acompañado de las acuñación de moneda y por los conflictos entre los conquistadores árabe-beréberes en torno a la ocupación y reparto de tierras
Los gobernadores se sucedieron con una rapidez desconcertante. Su nombramiento recaía, ante el protagonismo político de los distintos clanes árabes y de los beréberes, en el Jefe del grupo árabe vencedor de sus disputas, lo cual es indicativo de los débiles lazos que unían al emirato andalusí con Damasco o con Ifríqiya.
Córdoba recibiría, desde el momento que se convirtió en capital de al-Ándalus, un trato de privilegio. Éste se materializó en una serie de reformas urbanas, llevadas a cabo bajo el mandato del emir al-Samh (719-720) –sustituto de al-Hurr- gracias a los ingresos obtenidos por la organización fiscal iniciada con al-Áziz y continuada por al-Hurr, al establecer un registro fiscal de los cristianos de Córdoba para cobrarles pequeños impuestos de paz.
El emir al-Samh nombrado directamente por el califa de Damasco y dotado de poderes excepcionales, reconstruyó el puente romano de Córdoba, restauró el lienzo occidental de la muralla, dedicó el llano conocido por el Arrabal, en la orilla izquierda del Guadalquivir (suburbio de Saqunda), a cementerio de los musulmanes y dejó también en este lugar un amplio espacio para la oración al aire libre (musalla), así como otro más pequeño al este de la ciudad. En su corto periodo de mandato garantizó el cobro del quinto (jums) al Estado y restituyó a los legítimos dueños aquellas tierras que habían sido incautadas indebidamente.
A partir de la derrota musulmana de Poitiers (732) por la que se cerraba la expansión árabe-berebere, se inició un periodo de crisis motivado por las luchas entre las dos agrupaciones étnicas árabes –qaysíes y kalbies- para dirimir los viejos pleitos tribales y por acentuarse, al no existir ya expectativas de botín, la lucha por la posesión de las tierras ocupadas. Ambos fenómenos afectarían a las tierras cordobesas en los años siguientes.
Ante el fracaso de intentar detener a los beréberes, que en su lucha por el predominio de la oligarquía árabe empujan a éstos desde sus tierras del norte peninsular hacía el sur, el emir Ibn Qatan se ve obligado, siendo kalbí, a solicitar la ayuda del contingente sirio a las órdenes de qaysí Baly Ibn Bisr. Y a partir de aquí los sirios en tres encuentros –uno de ellos en la región de Córdoba- sofocaron las revueltas beréberes de al-Ándalus. Posteriormente depusieron a Ibn Qatan e instalaron en el gobierno cordobés a su Jefe Baly (741). Durante un tiempo la política proqaysí de éste y de su sucesor, Ibn Saláma, estuvo a punto de provocar una guerra civil. Y así se siguieron sucediendo los emires: Abúl-Jattár (743). El nuevo emir Yúsuf al-Fihri que fracasó como los anteriores, y sería sustituido por ‘Abd al-Rahman, que logaría hacerlo realidad. Con ello se inició un proyecto de sirianización de al-Ándalus de gran importancia, para que posteriormente el joven sirio ‘Abd al Rahmán ocupara el emirato cordobés.
Pero pronto terminó el gobierno ecuánime de Abúl-Jattár, cuya política parcial hacia los árabes del sur o yemeníes provocó un nuevo enfrentamiento a las puertas de Córdoba, en la alquería de Saqunda, entre las agrupaciones árabes (747). Los qaysíes salieron vencedores gracias a la ayuda prestada por las gentes del mercado cordobés, siendo asesinados en la iglesia cristiana muchos personajes yemeníes.
El nuevo emir Yúsuf al-Fihri, basándose en su prestigio y en la ‘asabiyya (espíritu del cuerpo) caysí, intentó construir un estado andalusí que estuviese por encima de todas estas disputas tribales, pero fracasó en el empeño. Sería su sucesor, ‘Abd al-Rahmán, el que lograría hacerlo realidad.
Los judíos y cristianos cordobeses, a los que no les afectaban las luchas, se instalaron durante esta época fuera del sector amurallado de la Medina. Los primeros construyeron algunos suburbios en la zona septentrional y los segundos en la orienta. También se enriqueció el alcázar de los emires con un cementerio ajardinado. Pero el acontecimiento de mayor trascendencia fue, -según M. Ocaña Jiménez- la fundación por al-Fihri de la primera Mezquita Aljama en la Iglesia de San Vicente, motivada por la necesidad política de fiscalizar la fidelidad al príncipe reinante por parte de la aristocracia árabe.
El príncipe ‘Abd al-Rahmán –nieto del último califa omeya, perteneciente a la rama Marwan-, después de escapar a la represión ejercida sobre su familia como consecuencia de la revolución ‘abbsí del año 750, llegó a la península gracias a la ayuda prestada por los clientes omeyas que vinieron en el ejército de Baly. Con su apoyo, el de los yemeníes y la adhesión de algunos beréberes venció el ejército qasí de al-Fihrí y al-Sumayl en la batalla de al-Musára, cerca de Córdoba (Mayo del 756). A continuación fue proclamado emir de al-Ándalus en la Mezquita Aljama de Córdoba al presidir el gran sermón del viernes al medidla (jutba), inaugurándose así un nuevo periodo en la historia de la ciudad –el emirato independiente de omeya-, quedando tan sólo un vínculo con el califato abbasí de Bagdad: el empleo de nombre de califa oriental en la jutba, que seria roto por ‘Abd al-Rahmán III (929).
Durante el reinado de ‘Abd al-Rahmán I, Córdoba adquiere aires de capital musulmana. Hacía el 766 reconstruye el recinto amurallado de la Medina. En torno al 785 levanta un nuevo palacio en el mismo sitio o próximo al anterior Alcázar, al que traslada su cancillería y su residencia. Y al final de su mandato, al no tener la Mezquita Aljama suficiente capacidad para albergar el mayor número de habitantes cordobeses, adquirió lo que le quedaba a los cristianos de la basílica de San Vicente, la cual fue derruida en el 785 para levantar al año siguiente un nuevo edificio que con el tiempo se convertiría en la Gran Aljama del occidente islámico. A su muerte fue enterrado en la Rawda del Alcázar (788).
El reinado de Hisám I (788-796), su hijo y sucesor, se caracterizó por su gran tranquilidad y paz. Sin embargo, tuvo que enfrentarse a sus hermanos Sula Hyman y ‘Abd Allah, quienes se disputaron su derecho al emirato, defenderse de algunas revueltas en las regiones de Tortosa, Zaragoza y Murcia, aplastar la sublevación de los beréberes de Tákurunna (Serranía de Ronda) y proseguir la guerra santa o yihád contra asturianos y francos. Durante su gobierno hubo una notable moderación fiscal. Con el jums obtenido en la expedición contra francos restauró el puente de Córdoba, terminó las obras de la Mezquita Aljama, -que iniciara Abderramán I-, al edificar el alminar, una sala de abluciones y las galerías para las mujeres, fundando varias mezquitas en la ciudad cordobesa.
‘Abd al-Rahmán III, una vez restablecida también su autoridad en las marcas fronterizas, pudo consagrarse a las tareas administrativas y organizativas y dedicar su atención a la política exterior. Sus éxitos y la prosperidad alcanzada hizo que, al conferirle el nuevo título un poder absoluto, existiese una mayor separación entre súbditos y el soberano, que se rodeó de una gran suntuosidad.
Durante su mandato califal (929-961) construyó una nueva Dár al-sikka (928), erigió después un palacio dentro del alcázar, agrandó el patio de la Mezquita Aljama (Patio de los Naranjos) y construyó un nuevo almijar (951), restauró la fachada que separaba la sala de oración del patio (958), reconstruyó el zoco, una mezquita y la Casa de Correos, dañadas con el incendio del 936, e inauguró el acueducto que traía agua potable desde la Sierra a Dár al-Ná’ura (941). Pero la obra que destacó sobre todas las demás fue la construcción al noroeste de la capital de una magnifica ciudad residencial, Madinat al-Zahra’ (936-947)
Y Córdoba callada, cálida en verano, fría en invierno, pero llena de luminosidad y belleza en primavera, asombrada y asombrosa, asimilaba todo. Y aquel rey que era el más guapo, el más gallardo, con su pelo rubio y sedoso como los rayos del sol y sus grandes ojos verdes, que más parecían los de un Ángel que los de un musulmán, el más libre y más culto de los que pudieran existir en todos los reinos: en donde el luto era blanco para realzar más la pureza del ser perdido igual que el color blanco plateado de su bandera… y los demás reyes eran como alcaldes de aldea y vivían como tales, como cualquier aldeano comparados con él. Y él recibía regalos prodigiosos de monarcas lejanos, las más bellas esclavas de todos los países… Azahara fue una de ellas, fue traída del reino de Granada como cumplido y sumisión al Gran Califa Omeya, arrancada del hogar paterno y como si de una cordera se tratara regalada, que no vendida a Abderramán, pero distinta a todas, fue su amor, su desvelo y en las oscuras revueltas de una de sus callejas se oye aún una voz dulce como la miel de uno de aquellos jóvenes poetas emocionado susurrar… Este canto a Medina Azahara:
Azahara después de escuchar extasiada aquella poesía, que más parecía la canción de un ángel y con la mirada fija en los ojos de su señor Abderramán con ternura y admiración, comenzó a decir con voz trémula y entrecortada:
-Me ocurrió aquella mañana. Yo oía aquí, asustada, hablar tantos idiomas… Venia de Elvira, Tosca, en Sierra Nevada. Estaba entre mis compañeras igual que una doncella aguardando el momento de ser devorada por una fiera. Se escuchaban las campanas mozárabes y las voces de los almuédanos. El aire olía a flor de los naranjos-
-El aire huele a tu nombre, mi bella Azahara-.
Le decía Abderramán con voz suave y enamorada, que ella escuchaba como si del fresco chorro cristalino de una fuente se tratara y continuaba diciendo:
-Todo aquello era tan nuevo para mi, era como si la noche se volviera día, yo llegaba de mi pequeña aldea de las nieves, en mi sierra… Y llegaba en el florido mes de Mayo, cuando Córdoba se engalana con sus mejores más hermosas flores en las calles, plazas y patios, cuando a la sombra de tus triunfos, alrededor del patio, administraban justicia los alfaquíes y sabiduría los maestros, religión los santos varones y los adinerados pujaban en subastas de códices y extrañas obras de arte, recitaban los jóvenes versos de amor, que se los dedicaban unos a otros, los mayores leían con las piernas cruzadas al sol y los eruditos conversaban de filosofía, tañían y cantaban las esclavas, erguían las bailarinas sus pechos en la danza, contorneaban sus cuerpos y retorcían sus caderas, convulsionaban su ombligo y sus cuerpos semitapados con ricos tules y sedas de Alejandría, excitaban a los hombres y en aquel bullicio de música y canto se escuchaba la voz delicada y melodiosa de algún poeta…
-Yo miraba todo consternada, igual que un condenado aguarda el hacha del verdugo. Tenía quince años y en mi frágil cabeza sólo cabían las sinfonías que tocaban los ángeles para mí el aire sólo olía a la flor del naranjo, a azahar.
-El aire huele a tu nombre, mi bella Azahara-…
Volvía a decir Abderramán, acariciando su largo y sedoso pelo negro, y Azahara con una sonrisa y una mirada de amor proseguía:
-¡Oh! Mi Señor, mi amado Rey Abderramán. Medina Azahara hiciste. Y jamás los ojos de los hombres habían visto, ni vieron, ni verán una ciudad como ella… Todo el orbe se conjuró para obrar la maravilla.
Los caminos se llenaron de caravanas, los mares se cubrieron de bajeles que zarpaban de África, de Siria, de Italia y de Grecia cargados con ricos presentes para Medina Azahara. De Túnez y de Medina vinieron jaspes verdes y rosados. Cuanto quedaba de Cartago de valor fue traído hasta aquí, para embellecer esta ciudad del amor…
-Bendito sea el Todopoderoso que da la vida y luego da la muerte, sólo como un descanso hasta la resurrección. Bendito sea que consiente el amor, la ternura y la unión de los seres que se adoran, igual que tú y yo Abderramán mi Señor-.
De pronto se volvió a escuchar aquella voz que parecía venir desde el Edén, acompañada de las trompetas de los ángeles, impregnada de un halo luminoso como si una estrella fugaz, en una oscura noche, se hubiese desprendido del firmamento llevando el fuego de sus corazones:
Y cuando, aquella sugerente voz se extinguió con una suave brisa: Abderramán y Azahara se unieron en un apasionado beso, largo, muy largo, tan largo, como los días que han transcurrido desde aquella fecha al día de hoy.
Y Córdoba sigue viviendo y resistiendo al paso de los tiempos, pasan los días, los meses, los años, las décadas, los centenarios y los milenios, y esta ciudad sigue aferrada a la historia y las piedras de Medina Azahara perduran en los tiempos y aún siguen erguidas y altaneras, aún siguen desafiantes y resistentes, y los hombres de ahora, aún no entienden como pueden mantenerse de pie, cuando ya por ellas han pasado tantos siglos, y estos hombres se irán y vendrán otros, y recorrerán su recinto otros enamorados, también se irán, pero volverán otros, y la gran medina al- Sara, seguirá esbelta, desafiante, y sus piedras se irán marchitando como las flores por el paso del tiempo.
Pero siempre quedará vivo el recuerdo de los enamorados que por ella pasaron, porque el amor inmaculado es lo único que queda y quedará siempre, porque el amor es la riqueza más preciada que Dios quiso enviarnos para que perdurara para toda la eternidad y, hasta el día de la resurrección…
Y hoy que estoy despertando de ese sueño maravilloso, en el que he estado sumergido durante muchas horas, y del que estoy volviendo a la realidad, sigo pensando y sigo viendo, cuando cierro los ojos, a aquellos dos seres, él el más grande y poderoso de los mortales y ella la más bella y dulce doncella que pudo dar el reino de Granada.
Aún resuenan en mis oídos, cuando paso por las callejas de la judería, las mismas voces, los mismos susurros, los mismos cantos, las mismas poesías, que ella escuchaba y que yo en mi subconsciente me parecía oír.
Y sigo caminando por las sinuosas y estrechas calles del viejo Zoco, y aún me parece ver a la vuelta de una esquina de una de ellas, la silueta, esbelta, varonil, bella y poderosa del Gran Sultán Omeya, Abderramán III, paseando con su brioso corcel blanco y a su grupa una bella joven con sus cabellos negros al viento y una sonrisa en su cara… Y desde ya, les aseguro que este libro se volverá editar… para deleite mío y de aquel que desee leerlo.

¡Muchísimas gracias!



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