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Victoria Díez, una vida ejemplar

Victoria Díez, una vida ejemplar

Su nacimiento fue como una premoción, cuando ya las hojas caían de los árboles en los jardines de María Luisa, Alameda de Hércules, Jardines del Emblemático Barrio de Santa Cruz y otros bellos lugares sevillanos. Cuando ya, la estación otoñal se encontraba en pleno ciclo, la estación que alfombra los parques y las avenidas con hojas ajadas que continuamente van cayendo impulsadas por el viento que mueve las ramas de los árboles. El mes de las tardes soñolientas, sombrías, enlutadas con multitud de nubes negras y las largas noches de embrujo y requiebro en toda Andalucía, el mes de los santos y de los difuntos, el mes de la desesperación de Espronceda...

... Entonces fue cuando un 11 de noviembre del año 1903, nace, en la calle Galles número 23, en el segundo piso, en Sevilla, una hermosísima niña, que hace las delicias de la familia Díez y Bustos de Molina, a la que bautizarían el día 29 del mismo mes con el nombre de Victoria.

Victoria como todos sabemos es sinónimo, entre otros muchos de: éxito, de triunfo, de conquista, de honor y de gloria, y este último es el que más se acercaba a ella, porque es vista y posesión de Dios en el cielo y lugar de los bienaventurados y eso es lo el Creador le tenía reservado al correr de los años.

Posteriormente el día 18 de mayo de 1913, tomaba la primera comunión y asistía como alumna al colegio de las Carmelitas del Sagrado Corazón. Para Victoria Díez, la historia, su historia comienza ese mismo día, cuando aún no había cumplido los diez años, pero que ya tenía la capacidad de almacenar en el recuerdo cada detalle de este día. Con el cardenal Almaraz presente, que en su homilía dijo entre otras cosas lo siguiente:

“... Menester es que la formación católica de los maestros de escuela constituya el objeto preferente de nuestras preocupaciones y desvelos, ya que ellos son los llamados a conservar y difundir en las escuelas la enseñanza católica de la niñez”.

 

 

Muchas veces en los siguientes años, en conversaciones y cartas, Victoria se referirá a este acontecimiento como el primer momento de verdadera importancia de su vida. Años más tarde encontrará, además, un escrito de Pedro Poveda que le dará la razón, y más razones, para seguir pensando en su comunión –en sus comuniones- como hilo conductor de la vida. “La historia de vuestras comunicaciones es la historia de vuestra vida”. Lo que sintió en ese primer encuentro eucarístico probablemente fue reforzado innumerables veces en el colegio, y en su casa. Es muy posible que ahí comenzaron muchas preguntas y respuestas con una sola inquietud:

¡Darlo todo!. ¡Darlo todo! ¿Qué era ese ¡darlo todo! para Victoria? Materialmente, no tenía muchas posesiones, pues su padre don José Díez Moreno, era un administrativo de poca salud y escasos medios económicos, su madre, doña Victoria Bustos de Molina, una mujer sacrificada y dedicada en cuerpo y alma a su marido y muy especialmente a su hijita.

Victoria se crió en el seno de una familia cristiana y temerosa de Dios, en la que le fueron inculcando siempre y primordialmente su amor Dios, sobre todas las cosas y especialmente a sus semejantes y más aún con los más necesitados, los más débiles y los menos favorecidos, así como un gran cariño hacía su familia y la solidaridad y comprensión con sus compañeras y amigas, pues aunque aquellos dichosos padres no tenían muchas pertenencias y no sobraba de nada, no había persona que llamase a su puerta con la mano extendida pidiendo ayuda, que saliese con las manos vacías. Victoria fue creciendo día a día, pero además de su desarrollo corporal, iba naciendo en ella una idea que le oprimía el corazón de gozo, al mismo tiempo que la llenaba de una sensación de placer y sin que se diera cuenta de la importancia que para ella tendrían los hechos que la elevarían un día a los altares, en cada momento, en cada hora, en cada minuto, sus pensamientos la llevaban más y más a abrazar a Cristo y a su dedicación de enseñante de la doctrina y el evangelio en el nombre de Dios Nuestro Señor.

Año 1936 en que sacrificó su vida por Cristo. En aquel año de 1936, cuando estalló la violencia en España, Victoria tuvo la ocasión de escapar, pero quiso permanecer en “su” pueblo, con “su” gente. ¿Por qué no se marchó? ¿Por qué se quedó en Hornachuelos? Ella sabía que podría pasarlo mal. Pero no temía nada ni a nadie. Había nacido para ser una mártir o heroína sin saberlo, y si lo sabía se lo llevó a la tumba. Dios elige a los que desea que estén junto a Él y Victoria era una de ellos. En breves meses saldrá un libro editado por la Diputación Provincial de Córdoba, en el que podrán compartir conmigo la historia de esta gran mujer

Que el ejemplo de la Beata Victoria Diez, y el de la Institución Teresiana a la que Ella perteneció en cuerpo y alma, se vea reflejado en todos los espejos de todos y cada uno de los habitantes de la tierra, para Gloria de Dios y toda la humanidad.

¡¡Descanse en la Paz del Señor!!

Antonio Ortega Serrano 
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