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El Jardín Soñado

Portada del libro

El hecho poético es de los más nobles y sublimes que puede llevar a cabo el ser humano. Por eso ha arraigado tanto la idea de que los poetas mueven el mundo. Pero no tanto por ser poetas cuanto por las condiciones humanas que en todo caso sustentan al poeta.

Y eso es lo que ocurre con el autor de este libro, El Jardín Soñado, título que en cierto modo nos trae el recuerdo del poeta Soto de Rojas. Porque Antonio Ortega Serrano reúne todas las condiciones humanas para hacer poesía y, en general, para expresarse literariamente. Portada del libro

Vio la luz primera en el cordobés y bello pueblo serrano de Hornachuelos, de reminiscencias minerales, árabes y cristianas, en 1933, tres años antes de que estallara la gran contienda entre españoles, tan sangrienta como absurda, que en él se dejó sentir de una manera especial por las circunstancias familiares.

Sus padres, de clase media trabajadora, regentaban un pequeño negocio de bebidas.

Tras el inicio de la guerra, comenzó la familia un triste peregrinar que les llevó sucesivamente a los pueblos manchegos de Valdepeñas, Carrizosa, e Infantes, para terminar en Madrid, antes de volver a Hornachuelos al final de la guerra.

De ésta sólo habían sacado el grado de comandante de su padre -del ejército republicano-, y un sin vivir en Madrid de los bombarderos -junto a las Cibeles- y un arresto de año y medio en un batallón de trabajadores.

Antonio Ortega entró en el colegio público de Hornachuelos, donde el maestro D. Zacarías lo inició en el arte del verso con la lectura de los clásicos, tarea que continuó el P. José Mª Huelin Vallejo. Con éste y otros Jesuitas recorrió algunos países de Sudamérica y a la vuelta recibió una carta nada menos que del Padre Arrupe, Prepósito General de la Compañía de Jesús, proponiéndole profesar en la comunidad, lo que rechazó por no considerarse vocacionado a la vida religiosa.

Decidió ingresar en el Ejército del Aire y fue destinado al Campo del Rompedizo, en Málaga, donde gracias a la influencia de un amigo comenzó formalmente a cultivar la poesía, componiendo poemas como “Los sueños”, “La tarde fría”, “La amistad”, “Buscando a ella”, “Recuerdos”, “Soledad de la Ribera” y otros destinados a integrar un libro que nunca vio la luz por avatares del destino y en concreto por las “gestiones” de un presunto amigo de esos que gustan sacar tajada, ya sea económica, ya sea literaria, de lo que escriben los demás.

Pero sigamos con el autor del presente libro. Antonio Ortega, ansioso de la seguridad de su futuro, cursó Maestría Industrial, inició el Peritaje del ramo y realizó un curso de Técnico Comercial, adentrándose en el mundo de la empresa y el trabajo.

Contrajo matrimonio y hoy disfruta de cuatro hijos y cuatro nietos, sobre todo tras su prejubilación laboral, lo que le ha permitido, esta última circunstancia, dedicarse más intensamente a la producción poética.

Ha vuelto a leer con más asiduidad a nuestros clásicos y escrito-res andaluces y andalucistas como Salvador Rueda, Rafael de León, Los Alvarez Quintero, Benitez Carrasco, José Carlos Luna, Antonio Gala, Mario López y otros más que influyen ostensiblemente en sus versos. En este momento de su vida he conocido a Ortega Serrano, al incorporarse al colectivo de escritores

“Wallada”, fundado hace una docena de años y al que desde entonces vengo asesorando gratamente, por especial petición del gran maestro, ya fallecido, Rafael Castejón y Martínez de Ariza-la. Ortega Serrano casi ha iniciado su andadura en “Wallada” participando, como fuerte puntal, en el inmerecido homenaje que recientemente me ha tributado el colectivo, con ocasión de nombrarme Miembro de Honor del mismo, en el Círculo de la Amistad y Liceo Artístico y Literario. Y como nobleza obliga, al solicitarme un prólogo para El jardín Soñado no he podido menos que corresponderle con satisfacción, escribiéndolo con el mayor gusto, para el primer libro que publica este “vendaval de furia de león y garras de terciopelo” como lo ha llamado el rapsoda Joaquín Revuelto.

El Jardín Soñado es un ramillete florido de vivencias, de encuentros, de lugares, de personajes poéticos y familiares, que se ensartan en los sueños del autor a modo de desideratum que mediante un proceso volitivo se transforma en realidad, en realidad florida y tangible.

Excmo. Sr. Joaquín Criado Costa. 
Director de la Real Academia de Córdoba


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