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Wallada una princesa cordobesa

Wallada una princesa cordobesa

Este libro narra la historia del amor más sublime vivido por la Princesa Wallada y el gran poeta cordobés Ibn Zaidum. En el Campo Santo de los Mártires existe un monumento dedicado al amor y a ellos. La inscripción que reza en él, son los versos que ambos enamorados se dedicaron:

El primero pertenece a la Princesa Wallada, y es uno de sus mejores poemas de amor:

Tengo celos de mis ojos de mí toda, 
De ti mismo de tu tiempo y lugar, 
Aún grabando tú en mis pupilas, 
Mis celos nunca cesaran... 
El segundo a Ibn Zaidum: 
Tu amor me ha hecho celebre entre la gente. 
Por ti se preocupan mi corazón y pensamiento, 
Cuando tú te ausentas nadie puede consolarme, 
Y cuando llegas todo el mundo está presente...

 

La Princesa Wallada, fue una mujer muy culta continuadora de una tradición femenina en la capital del califato, donde en su época, en un solo arrabal podían encontrarse más de 170 mujeres dedicadas a la copia de Alcoranes. Tampoco fueron ajenas a la enseñanza o cultivo de las letras; Ramírez de Arellano cita a Fátima, Labana, Radhia y Aixa Bent entre otras mujeres cordobesas que fueron poetisas famosas.

Ibn Zaidum

Tuvo que abandonar su ciudad natal a causa de sus amores con la princesa Wallada, que terminó abandonándole. Ella fue su musa inspiradora porque Ibn Zaidum es, ante todo, poeta del amor y cuando canta la ausencia o el desdén de la amada expresa un sentimiento tan humano que se aleja de los tradicionales convencionalismos de la poesía árabe.

Ibn Zaidum cantó así mismo de forma insuperable los lugares del placer y las ruinas de Córdoba, como los jardines de Medina Azahara desde donde lloró el desamor de la Princesa Wallada vivificando el entorno que se convierte en confidente del poeta:

Desde Al-Zahra

Desde Al-Zahra te recuerdo con pasión. El horizonte está claro y la tierra nos muestra su faz serena. La brisa desmaya con el crepúsculo: parece que se apiada de mí y languidece, llena de ternura. Los arriates me sonríen con sus aguas de plata, que parecen collares desprendidos de las gargantas. Así fueron los días deliciosos que ya pasaron, cuando, aprovechando el sueño del Destino, fuimos ladrones del placer. Hoy sólo me distraigo con las flores, imán de los ojos, en los que la escarcha juega vivaz, inclinando sus tallos. Son como pupilas que, al ver mi insomnio, lloran por mí, y por eso el irisado llanto resbala por su cáliz...

Antonio Ortega Serrano 
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