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San Calixto, escuela de santidad

San Calixto

Hoy, ya en los albores del siglo XXI, el hombre contempla con satisfacción su exitosa conquista del mundo, conseguida mediante el desarrollo de la técnica, que le ha ido capacitando para ello desde sus inicios con el homo faver.

Sin embargo, la modernización de la tecnología no llevaba inherente el crecimiento del espiritual del hombre. El perfeccionamiento de nuestra alma se consigue mediante otro tipo de herramientas no tan elaboradas pero ricas en sabiduría y emoción espiritual.

El género humano ha crecido en “estatura” tecnológicamente, pero no en “sabiduría” interior. Hemos profundizado en la realidad “virtual”, pero seguimos siendo cortos de vista para admirar y contemplar hasta el embelesamiento la belleza que define y determina la naturaleza que nos rodea, obra de Nuestro Señor y paraíso del hombre.

El historiador, investigador, escritor, poeta y amigo, Antonio Ortega Serrano, ha sabido captar magistralmente la atonía espiritual y humana en que se halla inmerso el hombre de la postmodernidad; por ello, nos invita, a descubrir la necesidad de un ambiente de pureza y tranquilidad que nos devuelva, de alguna manera, la inocencia perdida, utilizando para ello un lenguaje del pueblo llano y el conocimiento de estas tierras de santos, conmovedoras y subyugantes, por una didáctico y mostrando, tan conmovedoras como inspiradoras y llenas de vida natural. Frente a lo vertiginoso y frenético de nuestro ritmo actual, Antonio, nos sumerge, como él mismo lo hace, en la serenidad del espíritu, en la oración y en el silencio profundo, en el sonido de Dios, como a su vez hicieran los primeros moradores de estos maravillosos parajes. De todo ello deja constancia la obra que tengo el gusto de prologar, introduciéndonos con erudita dirección hacia esa senda de paz y bienestar.

La primera parte del libro de Ortega Serrano, es por un lado, un canto a la madre naturaleza, y por otro una invitación a que conozcamos en profundidad la vida de soledad y recogimiento de aquellos santos varones que habitaron la Sierra de Hornachuelos, paraíso de Andalucía. Su rica fauna, con gran profusión de aves, y su flora, con el olor inconfundible del tomillo, romero, lavanda y jara, componen una sinfonía de luz y color, que convierte el instante en eternidad, lo sencillo en profundo, la vida en regalo y en don del cielo.
Allí, en pleno corazón de la sierra emerge el majestuoso y a la vez humilde convento de las Carmelitas Descalzas de Nuestra Señora de la Sierra, en San Calixto. El caminante ávido de paz contempla extasiado el contraste de la pequeñez del hombre y la grandeza de la Creación de Dios. De la misma manera conservo yo grato recuerdo de los años que pasé dedicado a la actividad pastoral en la iglesia anexa a dicho convento.

El día 23 de Junio de 1953 fui ordenado presbítero tras finalizar los estudios sacerdotales en el Seminario de San Pelagio, de Córdoba. Pronto fui enviado a Salamanca por el Sr. Obispo Fray Albino González Menéndez-Raigada, para doctorarme en Derecho Canónico; sin embargo, una llamada urgente me avisaba que el Párroco de Hornachuelos, D. Pedro Barona, se veía imposibilitado de atender sus deberes como párroco por haber caído enfermo. A partir de entonces quedaron bajo mi cargo las parroquias de Santa María de las Flores, y la de Nuestra Señora de la Sierra en San Calixto.

Con la ilusión y el entusiasmo característico de un joven eclesiástico recién ordenado, y con ardientes deseos de comenzar lo antes posible mi labor como pastor de almas, me encomendé al Señor pidiéndole su ayuda, para cumplir mi cometido como Él quería y yo deseaba.
Un mes más tarde, el Sr. Obispo, con motivo de las fiestas en honor a la patrona Nuestra Señora de los Ángeles, pidió al provincial de los jesuitas en Montilla que enviase a unos sacerdotes para impartir la Novena de la Virgen, el mayor de ellos llamado P. Burgos y el más joven P. Enrique Mª Huelin; allí junto a ellos, conocí a Antonio Ortega, mi gran amigo desde entonces. En aquel encuentro yo iba acompañado por los sacerdotes hermanos Vilela, naturales del pueblo, que a petición del Sr. Obispo estuvieron atendiendo la feligresía y la iglesia hasta mi llegada.

Después de los saludos de rigor, se dirigió D. José Vilela al P. Huelin y le pidió que hiciera los honores de presentar el nuevo párroco a los vecinos de Hornachuelos, que diligentemente se apresuró a hacer. El ritual con la oratoria que solo saben expresar los grandes clérigos, me dio posesión de la Parroquia de Hornachuelos y por tanto de la Iglesia de Santa María de las Flores, y naturalmente de la de Nuestra Señora de la Sierra en San Calixto, cometido del que me encargué hasta ser sustituido por otro joven párroco, mi muy estimado amigo D. Pablo Moyano Llamas, tras haber sido destinado a Fuente Ovejuna –mi tierra natal- y Peñarroya-Pueblonuevo. Durante este periodo de mi vida participé en la historia del convento de San Calixto, a la que ahora podemos acceder a través del estudio pormenorizado que presenta este libro.

La obra de Antonio Ortega, nos ofrece un recorrido por la vida del convento carmelita, tanto del lugar en sí como de los eremitas que en él habitaron. Se centra especialmente en la biografía de la Madre Marina de Cristo, que entró en el convento carmelita con tan sólo diecisiete años; y a ella, precisamente, va dedicada la obra.
La Madre Marina nació el 7 de diciembre de 1955, siendo la alegría de sus padres como primera hija. Ambos pertenecían a familias de profunda raigambre cristiana, y que además contaban entre sus miembros, con varias carmelitas descalzas: por parte de su madre, una abuela en el convento de Dos Hermanas y una tía carnal, la Hermana Eugenia de Jesús. Eugenia fue recibida en el Cerro de los Ángeles en 1942, siendo allí Priora Santa Maravillas de Jesús, pero marcharía posteriormente a la reciente fundación de la India, donde permaneció hasta el fin de sus días, edificando con sus virtudes a toda la comunidad. Por parte del padre, una tía abuela, la Madre Mercedes del Sagrado Corazón, que fue una de las primeras novicias del Cerro de los Ángeles, y su hermana menor, la Hermana Teresa Piedad de Jesús, que acababa de entrar en el convento del Santo Cristo de Cabrera.

Todo ello demuestra que en el ambiente familiar era frecuente la referencia al Carmelo.
Los abuelos de la Madre Marina, Don Julio Muñoz Aguilar y Doña Magdalena Muguiro y Frígola, Marqueses de Salinas, junto a sus hijos, Iñigo, Magdalena, Piedad y Santiago -a los que conocí personalmente, y con los que compartí jornadas inolvidables, dirigiendo el coro que fundé en la aldea-, compraron la finca de San Calixto en 1940, atraídos por la belleza del entorno y, sobre todo, por la venerable tradición de éste lugar, donde habían habitado santos ermitaños, discípulos de San Juan de Ávila, los cuales se acogieron después a la Regla de San Basilio; el Hermano Mateo de la Fuente, el Hermano Bernardo de la Cruz, el Hermano Francisco Aguilar de Loaisa, el Hermano Esteban de Centenares, el Hermano Diego Vidal y el Hermano Juan de la Miseria, por citar a algunos.

El Señor Marqués, acometió la ingente labor de construir la iglesia con verdadero esfuerzo en los duros y penosos años de posguerra. Una vez finiquitada la obra se ofreció hacer una fundación a varias órdenes religiosas, que la denegaron debido a la distancia y las pocas gentes que habitaban la comarca. Finalmente animados por su hija Piedad, expusieron su deseo a la Madre Maravillas, la cual se desplazó hasta San Calixto. Al parecer, en un principio estuvo dudando –pues según comentó- resultaría difícil el mantenimiento de las monjas a base de su trabajo y dado lo retirado del lugar, pero después de conocer cómo la Providencia del Señor había sostenido siglos antes a los ermitaños de este desierto, aceptó la fundación, inaugurándose el 30 de Mayo de 1956. En esta fecha tan señalada, al salir el Sr. Obispo y sus acompañantes del convento y quedar establecida ya la clausura, Don Iñigo, el padre de la Madre Marina, cogió en brazos a su hijita y elevándola sobre todos los presentes para que pudieran verla las monjas, exclamó lleno de gozo: “¡Por esto, merece la pena vivir!”.
Pero ¡quién hubiera podido sospechar en ese momento que, muy pronto, el Señor visitaría este hogar tan feliz con la más amarga prueba! Pasado el verano, el día 7 de Septiembre, por la tarde, tras visitar Don Iñigo a su tía, la Madre Mercedes, en una clínica madrileña, partió hacia Zarauz (Guipúzcoa), donde le esperaba su familia. Aquella mañana del día de la Natividad de la Virgen, en grave accidente de coche entregaba su alma al Señor, su alma de Congregante Mariano, fortalecida con los Santos Sacramentos, ya la víspera, primer viernes de mes había comulgado. ¡Que difícil de comprender son los planes del Señor nuestro Dios!

La niña Marina creció como alumna del Colegio de Jesús María, pues una hermana de su madre, la Madre Nazaret, era religiosa de dicha congregación. Cuentan de ella que llegaba puntual a la escuela, era sincera y espontánea, que nunca dio problemas y que lloraba si había alguna pelea entre las niñas. Fue una buena hermana, la mayor de cuatro pequeños: Iñigo (quien nació meses después de la muerte de su padre), y otros tres del segundo matrimonio de su madre. Con tan sólo seis años, antes de hacer la comunión, confesó a su tía, la Hermana Piedad, que la noche de Navidad se había entregado al Niño Jesús, y que tenía muy clara la vocación de carmelita. A los ocho años, durante las celebraciones por la comunión de su hermano Iñigo, preguntó al entonces obispo de Córdoba, Don Manuel Fernández Conde si ya podía ser carmelita. El obispo le prometió: “cuando dobles la edad”. A pesar de que su vocación seguía clara para ella, llegó a disimularla por consejo materno. Por fin, recién cumplidos los diecisiete años vestía el hábito del Carmen.

Desde entonces fue ejemplo de paz, entrega y caridad hacia todos, y dedicó su vida a la oración y al trabajo por los demás, siendo siempre querida y admirada por las demás hermanas del convento. La Madre Marina de Cristo, que llegó a ser tres veces elegida por la comunidad como Priora, falleció en la madrugada del sábado 20 de Mayo de 2006, después de sufrir una larguísima y dolorosa enfermedad incurable, dos carcinomas muy graves y diez adenopatías, cuatro de ellas metastáticos. Después de su operación, en octubre de 1994, una compañera de habitación, llamada Isabel le dijo: “Madre usted es muy necesaria en este mundo, ¡tiene que seguir viviendo!”.

Su enfermedad se extendió a lo largo de doce años durante los que recibió más de setenta ciclos de quimioterapia y más de cuarenta de radioterapia, suponiendo tanto para ella como para los que la rodeaban una verdadera mortificación, un gran esfuerzo y penalidad; pero ella resistió siempre con la firmeza que da la fe.

Al día siguiente de su muerte, IV Domingo Pascua, preceptivos textos y lecturas de la Misa venían a refrendar la fe, tanto de sus hijas las monjas como de todos los presentes: todo hablaba de Vida, de Resurrección, de Triunfo y de Victoria, pero allí estaban los restos mortales de aquella amadísima Carmelita, la Madre Marina de Cristo, en espera de que la Virgen fuese a por ella, como se lo había pedido, rogado y suplicado a su amado Esposo.
¡Que la Santísima Virgen y Su Hijo la tengan junto a ellos en la Gloria!


MIGUEL CASTILLEJO GORRÁIZ
PRELADO DE HONOR DE S. S. JUAN PABLO II


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