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Canto a Córdoba

Córdoba gallarda, Córdoba indulgente
despertar, despertar y verte,
¡Oh! nativa ciudad de la belleza,
¡Oh! atalaya de cumbres relucientes
por las que a solas y en silencio vienen
dos amantes enlazados tiernamente.
Hija del sol y de estrellas relucientes,
donde el pecado es bello amor resplandeciente
que no abrió a más amor en la muralla
que el de las manos tendidas por tu gente,
y al que vino con labios entreabiertos
el brillo del oro le cegó la mente.
Ver el humano amor desesperarse
por tus agrias esquinas, al pausado
paso de la belleza irresistible,
que en el rostro su purpúreo encanto
por la margen del río vas arrojando.
Ver del amor los seductores gestos
en un patio de mármol y jazmines,
donde las flores ensalzan su belleza
cuando en la noche se apagan los faroles,
¡Oh! amargo manantial, mientras derraman
su alforjada voz los surtidores.
Buscar en la implacable noche el beso
que roba a una mocita el ser amado,
cuyo precio es la vida, cuando oculta
el alma desfallece en el pecado,
que el dolor sólo puede enmudecer
cuando el amor lo tienes a tu lado.
¡Oh! ciudad inmortal y agonizante
poblada por caminos solitarios,
que al mudo ofrecimiento de tus calles
San Rafael las viene custodiando.
Ciudad enarbolada de deleites
desconocida la belleza siempre,
cuyo secreto corazón habita
dioses frustrados del amor inerte
con la llameante vela de la muerte.

Tus mujeres de bella estampa siempre
cruzan tu rumorosa plaza en sombras,
mustiando albahacas y alelíes,
claveles, gitanillas, azucenas
clavellinas, nardos y pitiminíes.
Rasga el agudo olor de los geranios
la blanca fiebre de tus muros y arde,
el césped del recuerdo entre las piedras
en celosías salpicadas por las calles.
La irresistible aridez de agosto
que en la noche las tiorbas embriaga,
enardece en salvajes amarantos
la palidez de una moza enamorada.
Cuando la reposada luz entornan
los plateados párpados del río,
gozosamente rebasan la corriente
la belleza y el amor ya prometido.
Voz y ademán de amigo tiene el aire
dentro de ti un fino terciopelo,
que reluce como la plata fina
en el agua rielante del venero.
Resurgir, resurgir del tiempo
entre las piedras y el alejamiento,
para juntos morir, ¡oh! clavellina mía
a orillas del juncal y del recuerdo.
Hecha añicos la mágica recóndita
de misterio y amor en su aposento,
y un portento de lívidas adelfas
fundiéndose en un eterno beso.
Resucitar cada mañana y verte
es transportarse al cielo con los ángeles,
y poder repetir una y mil veces
Córdoba sultana, Córdoba indulgente.

Antonio Ortega Serrano
Mayo del 2001


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